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El gusto por la estrategia

Hace más o menos medio siglo, en mi camino cotidiano hacia la Facultad de Ciencias, pasaba junto a la fuente de Prometeo, y veía a muchos estudiantes en pares, jugando con sus tableros y fichas blancas y negras, el legendario juego de Go. Yo caminaba entre ellos y me quedaba admirada al ver la concentración y el gusto con que jugaban. Pasaban horas centrados en el tablero, y yo sentía grandes deseos de aprender, aunque en ese tiempo nunca tuve la posibilidad de encontrar un maestro. Ahora que ha pasado el tiempo y que tengo toda una experiencia de vida, ha regresado el interés, y estoy dispuesta a aprenderlo.

Recuerdo hace algunos años que estábamos detenidos en el islote de Santiaguillo por una tormenta, y casualmente, fue un tiempo en que llegaban muchos coreanos a pasar el fin de semana en la isla. Había un señor coreano, ya canoso: tomó una caja de cartón que estaba abandonada por allí, le pintó una cuadrícula consiguió pequeñas piezas de coral, y creo que también frijoles, y se puso a jugar con un muchacho más joven, también coreano.

En la tormenta todos estábamos reunidos dentro de la casa del faro, y lo que nos sobraba era el tiempo libre, entonces me puse a observar, y después de acompañarlos en varias partidas, me permitieron jugar. Esta fue mi primera experiencia con el Go, y la recuerdo como un momento interesante, un duelo de inteligencia contra inteligencia, totalmente abstracto, y decidí que en algún momento iba a aprender a jugar. Creo que ya llegó ese tiempo.

El go (weiki en chino) es un juego de estrategia entre dos jugadores, que se inventó en China hace más de 4000 años. Dice la leyenda que el emperador Yao (2337-2258) solicitó a su consejero Shun que diseñara un juego para enseñar disciplina y equilibrio a su hijo Dashu, que en ese tiempo era un problema. Otras leyendas sugieren que el juego fue inventado por generales y jefes del ejército chino, quienes usaban piedras para señalar posiciones de ataque en sus mapas. También se dice que los elementos usados actualmente, se utilizaron en otro tiempo para la adivinación. En China fue un juego preferido por la aristocracia. El go era considerado una de las Cuatro Artes de los eruditos chinos, junto con la caligrafía, la pintura y la interpretación del instrumento musical guqin.

El go (baduk en coreano) fue importado a Corea entre los siglos V y VII d. C., y se volvió popular entre las clases altas del país. Probablemente llegó a Japón en el siglo VI d. C., en donde recibió el nombre de go o igo. Según los registros de la dinastía Sui, el go era uno de los tres principales pasatiempos de los japoneses del siglo VII. Los otros eran el backgammon y las apuestas. En 1603, Tokugawa Ieyasu restableció el gobierno nacional unificado de Japón. En ese año designó al mejor jugador japonés de ese tiempo, un monje budista llamado Nikkai, como ministro de go.

Nikkai tomó el nombre de Honinbo Sansa y fundó la escuela Hon’inbo. Después se fundaron otras escuelas reconocidas y subsidiadas por el gobierno, que desarrollaron el nivel del juego e introdujeron el sistema de clasificación de jugadores. Los jugadores de las cuatro escuelas competían en los juegos anuales de palacio, que se realizaban en presencia del Shogun o emperador.

El go ha tardado mucho en extenderse a otros países, a diferencia de otros juegos de origen asiático como el ajedrez. Empezó a volverse popular hacia finales del siglo XIX, cuando el científico alemán Oskar Korschelt escribió un tratado sobre el go. Durante la mayor parte del siglo XX, la Asociación de go de Japón se dedicó a la propagación del juego fuera de Asia. Publicaron la revista Go Review en los años 60, establecieron centros de go en Estados Unidos, Europa y Sudamérica, y enviaron maestros profesionales a realizar giras por diversas naciones occidentales.

El go es un juego de estrategia. Los adversarios luchan para controlar un mayor territorio del oponente. Hay un tablero con una cuadrícula, y piezas convexas de piedra o de cerámica, blancas y negras, que los jugadores van colocando en las intersecciones en la medida que el juego avanza. Es una lucha entre las piedras negras y blancas, que pueden anexarse, reducir o perder el área por la que se está combatiendo.

La estrategia en el go consiste en expandir el territorio propio, atacar los puntos débiles del oponente, y estar consciente del estado de vida de los territorios conquistados. La partida termina cuando no hay más jugadas por hacer, y entonces se cuentan los puntos: las intersecciones controladas. También puede ganarse cuando el adversario ha perdido muchas piedras.

Participar en juegos de estrategia nos aporta muchos beneficios, porque nos ayuda a desarrollar el pensamiento lógico. También es un ejercicio mental importante, que beneficia a todos, pero sobre todo a los jóvenes que se están desarrollando, y a las personas mayores, que necesitan ejercitarse para conservar sus facultades el mayor tiempo posible. También nos ofrece una oportunidad de socializar. Para mí, el gusto por la estrategia es algo que ha añadido mucho valor a mis capacidades como instructora y trabajadora de campo.

A pesar de que estamos en tiempos de paz, el interés por la estrategia y sus tácticas nos ofrece una metodología prácticamente universal. Por una parte está la cuestión del liderazgo, que requiere sabiduría y sentido común del lado del dirigente. Por otra, está la organización de cualquier tipo de operaciones, que va a funcionar mejor si se parte de una buena planeación y de una logística impecable. Estos recursos estratégicos pueden ser útiles para muchas personas, sin importar que estén lejos de los mundos militares.

En 1983, cuando cumplía 30 años, recibí dos regalos invaluables, de una amiga y un amigo, ambos practicantes de artes marciales.

El primero fue El arte de la guerra, de Sun Tzu, un general, estratega militar y filósofo de la antigua China. Sun Tzu vivió de 544 a. C. a 496 a. C. en la dinastía de Zhow, en el estado de Wu. En ese tiempo los soberanos contrataban estrategas para llevar a cabo sus batallas, y se dice que Sun Tzu estuvo al servicio del rey Helü de Wu (476-221 a. C) en el período de los Reinos Combatientes. Durante el siglo XX, El arte de la guerra se popularizó en occidente, y es un texto de gran influencia en temas como la política, los negocios, los deportes y la guerra.

Al principio, cuando recibí el libro, me resistía a aceptarlo, ya que yo me consideraba una persona de paz. Sin embargo, a partir de la lectura fui encontrando aspectos muy importantes de la sabiduría china, relacionadas con el liderazgo, el espíritu que debe tener un dirigente, y las relaciones que debe tener con las personas que están a su cargo. Para mí fue una herramienta invaluable, tanto en mi trabajo como instructora, sobre todo, como trabajadora de campo, pero también en la formación de instructores y guías de buceo.

De hecho, cuando recibí el libro tenía mucho problema con un grupo “difícil”, y a medida que avanzaba en la lectura fui encontrando buenas soluciones.

Hace unos años le regalé mi Arte de la guerra a una querida amiga que tenía un problema complejo y grave… Y después de un tiempo me sorprendió con el regalo de un bello ejemplar del libro, ilustrado y empastado en seda. Creo que El arte de la guerra debería ser una lectura obligatoria para cualquier persona interesada en ocupar una posición de liderazgo.

El otro regalo fue Musashi, una maravillosa novela épica de Eiji Yoshikawa, uno de los novelistas clásicos del Japón. Esta novela es un viaje a través del Japón medieval, que recorre sus paisajes, describe a sus personajes, devela sus principales artes y comparte su sentir.

Miyamoto Musashi (1584-1645) fue un guerrero muy famoso de Japón en la época feudal. Pertenecía a la familia Fujiwara, familia noble importante de su época. Su padre, Shinmen Munisai, fue un destacado maestro de artes marciales. Sus ancestros eran una rama del poderoso clan Harima, originario de la provincia de Kyoshu, la isla más apartada de Japón.

Musashi perdió a sus padres cuando era muy pequeño, y fue puesto bajo la tutela de un tío sacerdote. Era un joven con un carácter explosivo, con gran fuerza de voluntad y un cuerpo muy desarrollado. Su tío insistió en que estudiara las artes del guerrero, y debido a su desarrollo y su carácter violento se vio involucrado en muchos duelos. En esos tiempos, los duelos entre samuráis eran permitidos, y no se castigaba al guerrero que hubiera matado en combate a un adversario.

A los 16 años, después de su segundo duelo formal, Musashi abandonó su casa para dedicarse a recorrer todas las provincias de Japón, como muchos ronin (samuráis sin amo) luchando con todo tipo de guerreros, y siempre venciendo. Se dice que participó en sesenta duelos formales y nunca fue derrotado. En ese tiempo llevó una vida en soledad, viviendo de manera muy precaria, sin bañarse ni preocuparse por su aspecto. Pasó muchos años buscando la iluminación a través del Camino de la Espada. Se dice que en un duelo con un adversario que usaba un arma que era una guadaña con una cadena lastrada en el extremo libre, descubrió que la forma ideal de combatir era utilizando dos espadas, y de allí surgió el origen de su escuela Niten Ichi Ryu, en la que se combatía con las dos espadas a la vez.

Musashi era también maestro en varias artes, en particular la pintura con tinta, la caligrafía, la talla de madera y los trabajos con metal. Uno de sus textos dice: “El verdadero Arte de la Espada no puede ser entendido desde los confines del mero manejo de la espada… Cuando hayas comprendido el Camino de la Estrategia, no habrá una sola cosa que no puedas entender, y verás el Camino en todas las cosas”. Esto nos lleva a pensar en la búsqueda de Satori , o la iluminación, que es la razón de existir de muchos monjes, practicantes de artes marciales, y de practicantes de otras artes de Oriente.

A los 50 años, cuando pensó que ya no tenía nada que aprender sobre el arte de la espada, Musashi se retiró a vivir en una cueva, como ermitaño, y en 1643 se dedicó a escribir un tratado de estrategia del combate con la espada, llamado, El libro de los cinco anillos. El título hace referencia a los cinco elementos del universo del Budismo: tierra, agua, fuego, viento y vacío. Es un libro que habla de la estrategia militar y del arte de combatir con la espada, pero también se refiere a cualquier situación en la que sea necesario usar la táctica. Los hombres de negocios en Japón lo utilizan como un manual de gestión empresarial. De hecho, mi maestro de Aikido, Michael Moreno, me regaló una versión del libro de Musashi, diseñado para empresarios.

Cuando reflexiono sobre lo que he aprendido a través de las artes de Oriente, me doy cuenta de que estos caminos ofrecen a las personas que están dispuestas a seguirlos con disciplina, una manera bella y directa para alcanzar la superación personal.

Los libros de Musashi y de Sun Tzu han sido valiosísimos en mi desempeño como trabajadora de campo, a lo largo de más de cuatro décadas, y la práctica continua del aikido, además de haberme salvado la vida varias veces en situaciones muy alejadas del combate, me ha dado la visión y la templanza que me han permitido afrontar con éxito acertijos y obstáculos en la vida. Por eso me parece que es importante mantener la vista y la atención en el legado del Oriente antiguo. Se trata de tendencias culturales que pueden transformar para bien la vida de muchas personas.

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